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sábado, 9 de mayo de 2009

Toda tiranía es amorosa

(Digresión sobre el cuerpo que no soy y la razón que no tengo)

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Cierro aquí, con máxima brevedad, De cuerpo “no somos”.

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Comenzaré con una mención a Jean Baudrillard y su ensayo respecto de “Las estrategias fatales”, en el que planta una aseveración reciclable en el ámbito de lo político, en el “espacio de gestión de lo Real”.
Baudrillard escribió “… podemos decir que con lo social ocurre lo mismo que con los sabores de la cocina americana. Gigantesca empresa de disuasión del gusto de los alimentos: su sabor está como aislado, expurgado y resintetizado bajo forma de salsas burlesca y artificiales”…

Entonces, digo...
Como con “lo social y los sabores”, en lo político la disuasión de lo ideológico ha mutado en “el bueno resintetizado”. El señor que promete una “política verde” es tan amigable como una feta de tomate orgánico en la hamburguesa prometida o el “ingrediente” del jabón diario con perfume a naturaleza. El “gusto” en lo político republicano y democrático es hoy la mostaza de un discurso ligado a las creencias y necesidades primarias, con adaptación “sustentablemente responsable”. Aquí las salsas artificiales son las pantomimas hiperrepetidas en las pantallas de televisión. Es donde Eric Laurent se me antoja “pasteurizado”, si bien acierta en definir que hay “más tecnología de la violencia”. Ya que podría decirse lo mismo de la Edad Media y sus “técnicas de muerte”.
En el afan de recuperar “lo social”, Laurent propone la creación de un “deporte del siglo XXI”. Existe, él mismo lo ha nominado: adicciones.
Aquí se une a lo dicho por Kolakowski en cierta “adicción” a la “razonable” obseción por establecer lo que está bien y lo que está mal.
Esto es tiranía: una “única imagen” que “cambia de rostro” (bueno a mala y viceversa). Es la tiranía amorosa de lo mismo, hacia el centro, desde la izquierda o desde la derecha. La razón como creencia de que “se tiene razón”. El cuerpo como origen y final de la existencia. Máxima tiranía amorosa, apego esencial que merece, por lo menos, oposición permanente.

© Ricardo Duró
08.May.2009

domingo, 12 de abril de 2009

De cuerpo “no somos”

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Eric Laurent, afirma algo así como que “no nos une lo metafísico” sino la materialidad. La que sigue es una entrevista interesante de leer. Pero habrá que analizarla desde otra posición. Estimo que lo que tenemos en común los sujetos es “la mirada”, y por lo tanto, las imágenes (lo que se ve y, quizás, lo que se observa).
Además, sumando conflicto, podemos decir que la imagen no es la que hemos decidido adoptar, no es la que “algo tiene”. Sino que es “la que hemos tomado del catálogo de ofertas que circulan avaladas por el discurso dominante”. Se trata del “sticker” apto para el lector de código de barras mental que hemos desarrollado.
Discurso (código de barras) que puede ser religioso, político, cultural, económico, etcétera.

Seguiremos en el próximo post, sumando a Laurent y Kolakowski.

© Ricardo Duró
12.Abr.2009


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“Hemos transformado el cuerpo humano en un nuevo dios
Lo afirma el psicoanalista Eric Laurent



"Hoy lo que tenemos en común no es
el lazo social ni el lazo político
ni el religioso, sino nuestro cuerpo."
EL


Eric Laurent, nacido en París en 1945 y uno de los más destacados discípulos de Jacques Lacan, critica el espíritu cientificista y mecanicista de esta época. ¿Ahora que no está más la garantía de Dios hay una garantía en el cuerpo. Este es, supuestamente, el fundamento de una ciencia de la felicidad. Gracias a las nuevas tecnologías, los neurólogos nos ofrecen imágenes en las que podemos ver el centro de la felicidad. Eso es muy fascinante. Sin embargo, las respuestas rápidas que ofrecen las neurociencias a los conflictos psíquicos son falsas? dijo Laurent, máximo responsable de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, durante una entrevista con el diario La Nación en su última visita a Buenos Aires.

¿En nuestra sociedad existe la idea de que todo puede ser reducido al mundo técnico. Es un protocolo maquinista?, sostuvo. Autor de numerosos libros (12 de los cuales han sido publicados en español), Laurent es profesor de posgrado en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, prestigiosa institución donde dictaron clases intelectuales como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Alain Badiou y Lacan.
Amable y efusivo, Laurent opina que un ejemplo del espíritu mecanicista de la época se puede ver en la actuación de Estados Unidos en Irak: "Intentó constituir un Estado democrático, en un laboratorio. Pasó del modelo de laboratorio al país sin pensar en la gente. Esta concepción técnica del mundo no deja de producir catástrofes".

-Usted describe la civilización actual como individualismo de masa. Esta sociedad genera, según sus dichos, excesos y exclusión. ¿Qué respuestas tiene el psicoanálisis para los marginados del sistema?
-Los marginados son sujetos que están excluidos de la relación económica. Los cartoneros, por ejemplo, tratan con los restos que quedan del consumo: ellos mismos se encuentran reducidos a eso. Tratan con lo excluido y son excluidos. El objeto fundamental producido por nuestra civilización es la basura. Y estas personas son, de la misma manera, usadas y rechazadas. Lo que decimos frente a estos modos de expulsión es que los excluidos no lo están en el plano de la lengua. Hablan, son seres humanos, son seres parlantes.

-¿Cómo se los puede recuperar?
-Dándoles la palabra. A pesar de que no tienen poder adquisitivo, tienen el poder de encontrar una solución.

-Esta imposibilidad de acceder al consumo genera violencia. ¿Cree que esta sociedad es más violenta que las anteriores?
-No es que haya más violencia, sino más tecnología de la violencia. Se ha construido una sociedad de vigilancia generalizada; entonces, se genera más violencia, para superar esas defensas. Es una cuestión de tecnología. Nos rodea un mundo tecnológico donde la violencia se vuelve más eficaz en su carácter destructivo. Es una eficacia negativa, es pulsión de muerte, la parte maldita...

-Entre las víctimas de esta violencia, los más débiles son los niños. ¿Dónde quedan ubicados en este escenario?
-Los chicos pueden sentirse abandonados a sí mismos y a su propia violencia. Hay algo vinculado a la condición humana en esta violencia. El hombre es un animal violento. Los niños se sienten abandonados a la violencia que tienen en ellos. Antes se los mandaba a la guerra; ahora se los manda a las escuelas, pero esas escuelas tienen problemas de autoridad. Hay que encontrar nuevos modelos que ayuden a la juventud a atravesar la adolescencia. La culpa es nuestra, no de los niños. No hemos sabido inventar los rituales apropiados que puedan ayudar a un joven violento a encontrar salidas que no sean autodestructivas o destructivas para los demás.

-Por ejemplo.
-En el siglo XIX, los ingleses, cuando tuvieron que pasar a la educación de masas, inventaron el deporte de masas, el fútbol. En ese sentido, deberíamos inventar el nuevo deporte del siglo XXI, un nuevo ritual que al mismo tiempo fuera una práctica del cuerpo y que permitiera la socialización.

-Uno de los refugios que parecían irreductibles eran las familias. ¿No lo son ya?
-Hoy tenemos familias recompuestas, monoparentales y de personas sueltas. Tenemos también las familias compuestas por parejas del mismo sexo. Son modos de mantener un deseo de familia. No se puede decir que la familia no es más un objeto de deseo: más bien es un objeto de deseo sobre formas múltiples, que no está regulado por la tradición.

-Y en esas familias, ¿qué lugar ocupa esta figura que siempre fue central para el psicoanálisis, el padre?
-Un cambio de esta época es la desautorización de las prohibiciones. Recuerdo el famoso eslogan de fines de los años 60: "prohibido prohibir". Hoy hay una desautorización de la autoridad, del modelo tradicional de la autoridad. La figura del padre fue trastrocada: hoy su función es cargarse de la culpa de prohibir. Esto lo vemos en la extensión de los trastornos de atención, en las adicciones. Lo que parece estar extendiéndose son las patologías de acciones, no las patologías derivadas de la prohibición.

-¿Cuáles son estas patologías de acciones?
-Vemos cada día más gente desaforada en los shoppings, gente que no puede parar de comprar. Si la felicidad es tener tanto como los demás, hay que endeudarse de manera excesiva para tener más, sin pensar, sin tener en cuenta las consecuencias.

-¿El psicoanálisis está en contra del uso de medicamentos para ciertas patologías?
-El psicoanálisis es un discurso que evoluciona. En el siglo XIX era una práctica que se ejercía en una civilización en la cual no existían los fármacos psiquiátricos. Pero ahora todo el mundo toma fármacos. Por enfermedad, por trastornos, de forma preventiva, por las dudas... Toma medicación que sirve de recreo.

-¿A qué le llama "recreo"?
-A la automedicación, la medicación consumida fuera de una indicación médica precisa. Se utilizan, por ejemplo, remedios que supuestamente están hechos para tratar la disfunción de la erección en el hombre y se los utiliza con la fantasía de mejorar las performances sexuales. Estamos en una civilización en la cual el uso de fármacos está muy presente. El psicoanálisis sólo constata que su discurso opera en una civilización que ha cambiado completamente.

Por Virginia Arce
Con la colaboración de Cecilia Diwan
> http://www.lanacion.com.ar/

domingo, 5 de abril de 2009

La razón ¿es ilusión?

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Recordamos a ustedes que este blog cumple la función de ser foro del portal http://www.delailusion.com/
Ambos nacieron “entre las hojas” del "Política de la ilusión" que escribí entre 2002 y 2004, editado finalmente en 2005.
En este posteo paso de actualizar el portal (en realidad hace ya bastante tiempo que no escribo). La idea es presentar a un pensador relativamente poco conocido en la Argentina y la región latinoamericana. Quizás con más penetración en algunas instituciones académicas. Aún cuando lo dudo: se trata de un “incómodo”, sumamente original en sus enfoques.

Leszek Kolakowski llega al foro para posicionar “su razón”.
Primero leeré lo que sigue (al igual que ustedes), comentarios de su libro y una conferencia relativamente reciente. Luego postearé mi posición.

© Ricardo Duró

05.Abr.2009

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Kolakowski y
Princesa Victoria de Suecia.


Por qué tengo razón en todo
de Leszek Kolakowski


Leszek Kolakowski, distinguido historiador de las ideas polaco, hombre de inmensa cultura, residente y profesor desde hace años en Oxford, publica un libro que parece dictado para dar rienda suelta al más irredimible de los resentimientos, que alcanza su clímax en la deliberada petulancia del título y se refrenda además en el último texto de la compilación en forma de una réplica apabullante a las opiniones del historiador marxista inglés Edward Thompson acerca de la justa valoración del “socialismo real”, que Thompson conoció en teoría y Kolakowski experimentó en la práctica. No tiene sentido que resuma aquí la catarata de fundadas invectivas que el polaco descarga sobre su colega inglés. Prefiero recomendar a quien sienta la tentación de incurrir en el mesianismo redentorista del siglo pasado que lea esta carta abierta; verá cómo toda deriva izquierdizante o totalitaria quedarán inmediatamente expurgadas de su alma.
En ella, como en el resto del material compilado en el libro, impera el anticomunismo más feroz, que da pábulo, lo mismo que la fascinación de Hagi por los atascos de Madrid, a la manifiesta admiración por la sociedad occidental y tiene a la libertad como valor sagrado de la condición humana. Los hitos de la profesión de fe occidental y cristiana de Kolakowski, por otra parte, son los habituales en la bibliografía de los intelectuales venidos del Este. Por una parte, la crítica rotunda de la utopía que, igual que las lecciones antiutópicas de Isaiah Berlin, señalan el utopismo romántico como una de las raíces del totalitarismo. Ya en el primer volumen de su obra Las principales corrientes del marxismo (Alianza, 1980), Kolakowski observaba que la izquierda hegeliana interpretó la idea de negación como consigna profundamente revoltosa. Hess, Ruge, Herwegh, llamados por Engels “los comunistas hegelianos”, creían que la línea de pensamiento Kant-Hegel era la expresión de las ideas jacobinas que miran hacia Francia, contra Prusia, de tal modo que cuando ésta anexiona Renania y Westfalia en 1815, la oposición la encabeza la Junges Deutchsland, aquel grupo formado por Heine, Gutzkow y Börne que Engels tanto admiraba. A ellos se unen más tarde los hegelianos de Berlín: Bauer, Köppen, Rutenberg, de raigambre judeoteológica, que fueron los primeros contactos del joven Marx. Kolakowski considera así probado que el mesianismo judío se juntó en Berlín con la dialéctica historicista de tal modo que la Razón en la Historia se convirtió en la Ley, o sea, en la realidad efectiva a la que deben someterse por fuerza todas las realidades. Quedaba así constituida la matriz teórica de la irracionalidad racionalizada, la peor de las pesadillas de los regímenes de marxismo aplicado que más tarde construyeron Lenin, Stalin, Ceausescu, Mao, etcétera. Inmensas burocracias ineficaces y criminales que instauraron el terror y la penuria de sus pueblos con la promesa de cumplimentar una espera milenaria que, a la postre, se convirtió en tragedia colectiva.
Por otra parte, junto a la rotunda descalificación de toda deriva utópica Kolakowski propone la tesis del totalitarismo como expresión histórica del mal radical y una encendida toma de partido, casi sin matices, a favor de un liberalismo sin duda idealizado y, por momentos, algo incongruente, puesto que al mismo tiempo que sostiene las consignas del thatcherismo no suscribe las medidas del gobierno de Mrs. Thatcher. Parecidas inconsistencias asoman cuando Kolakowski se reconoce católico –cómo si no, tratándose de un polaco– pero no ve responsabilidad relevante en los muchos genocidios bendecidos por la Iglesia a lo largo de los siglos; o cuando enumera la deuda histórica que tienen los amantes de la libertad con la nación polaca y el papel decisivo que ésta tuvo en la derrota del imperio soviético, pero poco tiene que comentar sobre la complicidad de sus connacionales en los monstruosos pogroms sufridos por los judíos en el Este ocupado por los nazis.

Nada nuevo aquí. La razonable arbitrariedad en los juicios suele ser también una nota característica de la retórica de muchos autores del Este, tónica que en este caso está agudizada porque Kolakowski, que es hombre de edad avanzada, se siente –y no lo oculta– au-dessus de la mélée y, como Watson al confesar que los negros son “científicamente” inferiores, le importa un bledo parecer arbitrario.
Significativo de esta compilación es también la defensa que hace de Occidente y la llaneza de algunos argumentos, muy propios de la filosofía del sentido común que se difunde desde Oxford: la loa de la Verdad y la facticidad, como ideales sagrados del conocimiento y de la Razón como conquista espiritual irrrenunciable y herencia de la Ilustración prerromántica –el siglo XVIII, decía Octavio Paz, fue el último siglo civilizado– así como la cándida, espontánea valoración del puñado de pequeñas recompensas que la libertad de la sociedad de mercado ofrece a los individuos, por fin liberados de la peligrosa fantasía de la justicia social y del sueño igualitarista que, piensa Kolakowski, sólo puede deparar el más injusto de los regímenes posibles.
Aunque sólo fuera para evitar una herida irrestañable como ésta, cuánto mejor hubiese sido que el comunismo hubiese quedado guardado en los libros.



Muy pocos filósofos son capaces de escribir de forma que atraigan el interés del público en general, sin renunciar por ello a un pensamiento original y sin concesiones a los intereses creados. Leszek Kolakowski es, sin lugar a dudas, uno de ellos.
Desde los males del socialismo real hasta la relevancia de la religión en las sociedades contemporáneas, Kolakowski se revela como un profundo conocedor tanto de la urdimbre filosófica de los totalitarismos como de las más esotéricas corrientes del cristianismo, y esta destreza le permite establecer brillantes paralelismos entre ambos, a la vez que denuncia el maniqueísmo y las escatologías tanto religiosas como políticas.
El gran filósofo polaco garantiza solidez en los planteamientos y las argumentaciones [...]. Pero, además, Kolakowski es un gran escritor, que enluce sus escritos con una afilada ironía. Es de los pocos filósofos capaces de arrancar una sonrisa al lector [...] sin perder en ningún momento la solidez de la argumentación. [...] Kolakowski se ha erigido como crítico insobornable de la cultura occidental, tanto de las utopías cristiana o comunista, como de la Ilustración. Su pensamiento puede resumirse en el lema que sirvió a Goya para titular su celebérrimo grabado: “el sueño de la razón produce monstruos”.



Kolakowski resulta, ante todo, eso, provocador, lo que constituye, ex aequo con la claridad en la exposición, la auténtica cortesía del filósofo [...] En un lenguaje suficientemente alejado de las abstrusiones de los filósofos que abrieron el siglo XX, Kolakowski aborda con gran profundidad los temas que configuran nuestra sociedad de hoy, sus herencias, sus defectos y carencias, sus perspectivas.



Kolakowski es el historiador a intelectual más importante aún con vida.
En el mundo del pensamiento, apenas existen unas pocas figuras más eminentes que Leszek Kolakowski.

The New York Review of Books


Líder carismático, maestro carismático
Conferencia
por Leszek Kolakowski

Los carismas, nos enseña San Pablo, son dones sobrenaturales, distintamente repartidos entre los fieles y los que se habitúan a las tareas específicas de enseñar, sanar, predecir. Estos dones provienen del Espíritu Santo. Sin la ayuda del Espíritu Santo no podríamos cumplir con ninguna de estas tareas; ni siquiera podríamos decir “Jesús es el Señor”. El concepto laico de carisma –para distinguirlo del religioso– se lo debemos principalmente a Max Weber, aunque él no era el primero que se valía de esta idea. Este concepto ha hecho una carrera espectacular. Leemos prácticamente a diario en los periódicos que alguien es un personaje o un líder carismático. A menudo no sabemos con exactitud qué significa esto, fuera de que, por lo general, es una persona capaz de ejercer influencia sobre otros, seguramente buena, en la asamblea de los correligionarios a quienes infunde entusiasmo.
Weber ha recalcado que se trata de un concepto que no valoriza: cuando describimos a alguien como personaje carismático no emitimos juicios de sus atributos morales o intelectuales. Incluso cuando hablamos de carisma religioso, formulamos una descripción sociológica: no incluimos en ella nuestras propias creencias religiosas o nuestra indiferencia. Juan Pablo II era con seguridad un personaje carismático, lo es también el Dalái Lama, y la mayoría de nosotros lo sabe reconocer independientemente de sus creencias.
El concepto weberiano de carisma puede abarcar distintas capacidades y cualidades. El carisma se puede atribuir a algunas profesiones, e incluye la magia y el tabú. No pretendo, sin embargo, en esta breve reflexión, analizar todos los detalles de una posible definición. Quiero sólo hacer hincapié en el tema de los líderes carismáticos y formular una pregunta. En nuestros tiempos, en nuestra civilización, ¿necesitamos tales líderes? O, al contrario, ¿hay que evitarlos? Weber distingue tres tipos de autoridad que pueden sobreponerse una a la otra: la racional legal, la tradicional y la carismática. Estas distinciones describen diferentes fundamentos sobre los que se basa la autoridad, y diferentes maneras en que la autoridad, o la capacidad de gobernar a la gente y los acontecimientos, adquiere validez. A través de las estructuras democráticas, a través de la costumbre, o por la creencia de la gente en la autoridad moral de alguna persona.
Es importante, en esta cuestión, distinguir la autoridad laica, basada en las esferas racionales, respecto de la autoridad cuasi sacra, que el laicismo no necesita. El mecánico de automóviles es, para mí, una autoridad, porque tiene las facultades y los conocimientos de que yo carezco, y yo espero racionalmente que los use y que componga mi automóvil. El traductor de la lengua albanesa es para mí una autoridad por razones similares, pues yo no conozco el albanés. Lo mismo se puede decir del experto en los mosaicos romanos del periodo tardío, y de los poseedores de una infinita variedad de conocimientos de los que yo estoy privado. Un rasgo esencial de este tipo de autoridad consiste en que puedo imaginarme que yo mismo sería capaz de adquirir este tipo de conocimientos gracias a un trabajo intenso; sé cómo aprender un idioma extranjero e incluso cómo adquirir ciertas habilidades técnicas, aunque soy en esos asuntos poco hábil. Y si un mecánico de automóviles o el traductor del albanés no tienen tiempo para ayudarme, puedo encontrar a otro que tenga conocimientos similares. Sé que esa gente no es infalible, pero, si confío en ellos, se comportarán racionalmente.
La autoridad tradicional, según entiendo, es tal que surge de manera natural e irreflexiva como algo marcado por las costumbres: la autoridad de una generación mayor para los niños, la autoridad de un príncipe para los súbditos en tiempos pacíficos.
La autoridad que irradia una persona carismática es de otro tipo. Una persona así no puede ser sustituida por otra. Yo no puedo aprender, ni siquiera imitar eficazmente, sus facultades, por más que me esfuerce. Me someto a la autoridad del líder carismático, no por estar racionalmente convencido de que tiene razón, sino por un poder específico de su personalidad. En algún sentido, creo que el líder carismático es infalible, aunque no necesariamente exprese con tales palabras mi creencia. Antes de que diga algo, creo de antemano que es verdad lo que quiere dar a conocer o lo que va a manifestar. En ese sentido, la autoridad de la personalidad carismática es cuasi sacra, y no tiene un fundamento racional.
Los líderes políticos provistos del poder carismático, por lo regular, aunque tal vez no siempre, surgen en momentos de crisis o catástrofes sociales, cuando impera el sentido de la inseguridad o la desesperación entre la gente. Estos personajes reconstruyen la esperanza de que existe un medicamento para sus desgracias y de que, a pesar de todo, los problemas no son para desesperarse.

Los líderes carismáticos surgen de la combinación de necesidades sociales, de esperas humanas y de su propia capacidad personal. Allí radica, también, la importancia de las condiciones sociales y políticas que crean la necesidad de un líder carismático: a veces no bastan para que aparezca, si no hay un candidato viable para este papel. Cuando la situación de un país resulta más o menos estable y previsible, tal como sucede hoy día en la mayoría de las democracias industriales, o postindustriales, no se da la necesidad de líderes políticos carismáticos –la gente que pudiera soñar con conquistar tal posición, aun si tiene, algo indispensable para esto, la personalidad peculiar, por lo regular no lleva a efecto sus ambiciones. En el siglo XX, el líder carismático par excellence fue Hitler. También Mussolini y Franco se pueden considerar líderes carismáticos, aunque no alcanzaron un grado tan alto de poder sobre las masas. Igualmente Lenin y Trotsky pertenecieron a esta categoría, de la misma manera que Mao Tse Tung y Fidel Castro. Seguramente figura entre estos líderes Nelson Mandela, y durante cierto tiempo el general De Gaulle. Gandhi era en su país, y asimismo en gran medida en el mundo entero, una figura carismática. Lo era también Jozef Pilsudski, y en una época remota tal vez Savonarola.
La posición de un líder carismático no está dada para siempre: se la puede perder. Lech Walesa era un líder carismático, uno de los muy escasos en la Polonia de la posguerra. Pero no logró mantener esta gloria. Su situación ha cambiado y, al igual que sus propios errores, esto se ha de atribuir a su falta de éxito. Desde luego ningún líder irradia carisma para todos: Hitler no pudo transformar todas las almas alemanas, De Gaulle era odiado por los comunistas, Pilsudski por los demócratas cristianos, etcétera. ¿Puede uno volverse líder carismático post mórtem? Fue el caso del Che Guevara. A veces, a los que se les puede llamar personalidades carismáticas, cuya vida y obras tuvieron importantes consecuencias políticas, no eran en sentido estricto líderes partidistas: por ejemplo Martín Luther King o el cardenal Wyszynski.

Con seguridad, un líder carismático puede caer bien o mal. Los líderes carismáticos fascistas pueden sacar de sus partidarios todo lo peor en la naturaleza humana: la prontitud para la violencia y la crueldad, la irreflexión y la soberbia. Otros pueden aprovechar su autoridad para sembrar la paz y la vocación para el sacrificio. Un líder carismático puede ser un hombre culto o un ignorante. Como en todas las cuestiones humanas, aquí no existen definiciones precisas: en muchos casos no estamos seguros de si un líder merece el calificativo de carismático, el adjetivo se puede incluso aplicar a algunos partidos políticos. En tales casos, los hechos no tienen importancia para la veracidad de la calificación; a los ojos de la gente de fuera, los acontecimientos pueden contradecir desde luego la ideología o la propaganda del líder o el partido; para los fieles, sin embargo, eso no tiene importancia, dado que los hechos no existen como una fuente del saber: tienen que ser interpretados “correctamente”. Y con una buena interpretación irán a apoyar invariablemente “lo que importa”.
En nuestros tiempos, se puede estar seguro de que el carisma oficial ha decaído. Los reyes lo han perdido casi totalmente. Algo queda en la dignidad del servicio papal. Si un líder carismático ha de resurgir otra vez, esto puede suceder sólo a consecuencia de impredecibles catástrofes sociales y económicas. En cambio, no hay nunca garantía de que tales catástrofes no vayan a ocurrir. ¿Pero qué podría lograr un líder de esos? Es cierto que, en circunstancias excepcionales, puede aliviar la crisis y evitar la desintegración de la sociedad; lo más sano, sin embargo, lo que conviene, es que ante tales contingencias se realicen cálculos sobrios, racionales, adecuados a la planeación de una estrategia común. El problema consiste en que esas operaciones sobrias y racionales no siempre son accesibles a todos, y requieren tiempo.
Por otro lado –y siempre hay “otro lado” cuando se habla de los asuntos humanos–, nos resulta más fácil volver de inmediato visibles y tangibles las condiciones que nuestro futuro necesita: que no sea un simple cálculo frío, sino precisamente el llamado de un profeta o pseudoprofeta: una figura carismática. Si nuestra suerte realmente depende de disponer a gran cantidad de personas para el esfuerzo sacrificado –conocemos muchos ejemplos de tales ocasiones en el pasado–, el exhorto de un líder carismático es considerablemente más eficaz y despierta más fuerza moral que cualquier otra cosa. Leemos a veces métodos apocalípticos en cuanto a las derrotas que la naturaleza nos depara en las próximas décadas: el calentamiento global, las guerras por el agua pluvial, el fin del petróleo, el crecimiento del nivel de los mares, Londres y Nueva York inundadas, etcétera. Cuando nos imaginamos esas catástrofes, y junto con ellas el pánico, las guerras y las revoluciones, nos viene a la cabeza que hará falta un mensajero de Dios para dar solución a desgracias en tan grande escala.
Pero la figura del carisma, aunque puede, en ciertas situaciones, traer a la gente dones oportunos, es siempre un fenómeno peligroso, porque invariablemente tiene la fuerza para convertirse en semilla del fanatismo. Lo más sano ante tales figuras es prescindir de ellas.
Si observamos que no existen, en la Polonia actual, líderes políticos carismáticos –y no creo que este señalamiento provoque propuestas numerosas–, no es esta una carencia que haya que lamentar ni considerar con atención. No necesitamos, en verdad, políticos carismáticos, sino políticos inteligentes y honestos, benévolos con la gente, libres de rabia, y que no lancen amenazas. Y estos son, sin embargo, descubrimientos raros.
La imagen de un líder político carismático la podemos asociar con la de un político populista. Estas dos cualidades pueden a veces coincidir, pero no son lo mismo. El político populista es no sólo el que repite la consigna “dame el poder y me encargaré de componer las cosas”, sino aquel cuyo verdadero interés consiste en escuchar los sueños más simplones del llamado pueblo, y los que menos se apoyan en la razón, y hacer ver que se identifica con estos sueños, sin pensar si resultan posibles o si corresponden al interés real de la sociedad o del Estado. Promete, por lo tanto, todo lo que, según cree, sueñan las masas más numerosas de la gente. Y puede, si tiene un poco de habilidad –aunque con una mezcla de insolencia–, lograr un considerable apoyo. Sin embargo, por lo regular alcanza pocas oportunidades para, gracias a eso, consumar conquistas en un sistema democrático, por mucho poder que tenga, ya que sus promesas están vacías. No se convierte, por virtud de estas promesas, en un líder carismático, dado que no tiene los conocimientos para promover una transformación espiritual de la gente con la cual pueda abrirse cierta visión del futuro, verdadera o falsa, pero inspirada por la fe, capaz de suscitar sacrificios. El populismo y la acción del carisma no son, pues, lo mismo.

Existe, sin embargo, gente dotada de autoridad carismática que en verdad necesitamos. No me refiero a líderes políticos sino, para decirlo de alguna manera, a defensores, gente que guíe o gente que ayude. Pueden ser maestros, pero maestros de un género particular: maestros más bien que profesores, en el sentido común del término. No nos proporcionan simplemente la información que necesitamos o que queremos, sino, de alguna manera, se inscriben ellos mismos como personas en el contenido de su enseñanza, sobre todo –pero no únicamente así– si se trata de una enseñanza moral o religiosa. La persona de un profesor no es importante en la enseñanza si esta consiste simplemente en informarnos, por ejemplo, de hechos históricos o en transmitirnos ciertos conocimientos, sean de matemáticas o de lingüística; dicha persona es entonces neutral. Sin embargo, la persona de un maestro puede ser algo esencial en lo que nos enseña si, a través de esta enseñanza, nos quiere, por ejemplo, inculcar que debemos respaldar a nuestros semejantes en la necesidad, si quiere sembrar amistad y amor en nosotros, y que podamos renunciar a la envidia y al odio. Llegamos a tener confianza en tales maestros si de verdad son capaces de enseñarnos y enriquecernos espiritualmente.
La enseñanza es estéril si la persona del maestro no está inscrita en el contenido de lo que enseña. Necesitamos tales maestros porque hay en nuestro espíritu algo que, por siempre, quedará en una condición infantil e inmadura: querríamos librarnos de la responsabilidad, tener al lado a alguien que tome por nosotros las decisiones y, por lo menos, que nos enseñe lo que debemos hacer. Añoramos, por lo tanto, al maestro, y si este no existe nos sentimos asustados e impotentes.
Un maestro carismático, para realizar su labor eficazmente, no tiene para nada que ser un hombre conocido, famoso –al contrario de un político carismático–: basta con que tenga un pequeño grupo de alumnos o aprendices espirituales, a quienes sepa conferir sus dones. Estos regalos pueden empezar siendo la enseñanza de diferentes disciplinas, prácticamente todas sirven para esto. Por ejemplo, las matemáticas: el maestro carismático sabe transmitirlas de tal manera que no sólo vuelva capaces a los alumnos de resolver ciertas ecuaciones, sino para despertar en ellos el entusiasmo de un insólito logro espiritual humano, para que puedan amar la magnificencia de las matemáticas, su construcción arrebatadora. Para alcanzar este fin, el maestro tiene que vivir él mismo la admiración por la ciencia, y también los aspectos magníficos de la historia humana, al igual que la aterradora amenaza y la crueldad que contiene. Los alumnos se vuelven entonces capaces de convivir con esa historia, de vivir en la admiración o la repulsión de las vicisitudes, luminosas o sombrías, de la historia, del arte y de la física teórica.
¿También de la teología? De eso no estoy seguro, cuando se trata de la teología como una ocupación académica, y no de la enseñanza de la fe, en la que el carisma del maestro inspira una seguridad con una certeza decisiva. ¿Pero una teología sistemática? No estoy siquiera seguro de qué pueda ser eso. Recuerdo que, en cierta ocasión, encontré en la calle, en Chicago –donde durante muchos años impartí clases–, a un conocido de la Facultad de Teología. “¿Adónde vas?” –pregunté. “A un seminario” –respondió. “¿Y de qué es ese seminario?” “De Dios” –me dijo. “¿De Dios? ¿En la Facultad de Teología? ¿En la estadounidense, y con la revolución social, de Dios? Es una extravagancia.” Estuvo de acuerdo conmigo: “Sí, es realmente una extravagancia.”

Una esperanza vana de encontrar al maestro es el tema de la gran obra de Beckett Esperando a Godot. No sabemos quién es ese Godot. ¿Quién podría ser?: ¿un mensajero divino?, ¿el mismo Dios?, ¿un profeta?, ¿alguien que nos inicie en los secretos de nuestra predestinación? El público en el teatro está persuadido de que Godot es simplemente producto de una desesperada imaginación de Vladimir y Estragón, principales personajes de la obra: creemos que Godot simplemente no existe, y no tomamos en serio al muchacho que se hace pasar por su mensajero. Llegamos a la conclusión de que el mensaje de la obra es: “No se puede hacer nada.” Por un momento, los personajes de Beckett piensan en ahorcarse, pero al final se quedan, siguen esperando y siguen viviendo en la esperanza.
Esperar y alimentar la esperanza. Si Beckett hubiera asimilado la imagen del mundo que sugiere su obra, debería incitarnos al suicidio, de ser este motivado sólo por la falta de una razón para vivir –porque esto no basta como móvil del suicidio: al fin y al cabo mucha gente vive sin pensar absolutamente en las razones de vivir. Pero ni siquiera tiene móviles de vida: ¿para qué seguir viviendo? Quizá, sin embargo, nos es permitido suponer que, en el fondo de su alma, hubo algún rayo de esperanza: aunque tenue, un rayo de esperanza.
Notemos que Ionesco, en una plática con la publicación italiana Avvenire, dijo que era un absurdo llamar sus obras “Teatro del Absurdo”, ya que este precisamente es el teatro de la búsqueda de Dios. Atribuía él la misma intención a Beckett: con justa razón, es difícil llegar al fin de la propia vida. Pero el que mira las obras de Ionesco en el teatro no tiene tampoco muchas oportunidades para advertir este sentido que el autor atribuye a su obra, no se le descubre. Debemos, sin embargo, tomar en serio la autointerpretación de Ionesco, aun si tampoco nosotros mismos podemos encontrarla.
¿De qué esperanza se trata? No sabemos decirlo. Sin embargo, existe la creencia de que nuestra vida y el mundo, a pesar de tanta indiferencia, tienen un destino, un sentido que es real, aunque no sabemos deducirlo en nuestra experiencia diaria. Esta creencia, esta vivencia, es mayor y más extensa que una fe religiosa, por más precisa y dogmáticamente formulada que esté. La fe en el posible sentido trae algo que es el don más preciado de los dioses: la confianza en la vida. Hablamos de la confianza, no en el sentido de las esperas de algo que se puede fundamentar racionalmente, sino más bien en el sentido de la fe, precisamente de la que habla el apóstol San Pablo en sus epístolas. La fe es una confianza que no necesariamente se refiere a alguna persona u objeto, sino que es algo general y acrónico, que abarca el mundo entero y todo un campo de relaciones humanas, es decir, todo lo que nos trae tanto la alegría como el sufrimiento. La confianza en la vida no nos protege contra el sufrimiento, la desgracia y las contrariedades de la vida, sino que es fuente de la vida espiritual, que nos permite encarar el mal sin desesperación. ¿Tal confianza obra en condiciones libres? Esto no lo sabemos, pero su intensidad, en casos aislados, parece sugerir que puede ser bastante fuerte para actuar en todas las circunstancias.
No sabemos probar, en la perspectiva científica de la palabra, que el Universo tiene algún sentido. Puede darnos, cuando mucho, las difícilmente alcanzables señales de ello, como aquel muchacho en la obra de Beckett, que aparece ahí en dos ocasiones, pero en la segunda ocasión daría igual que se presentara en cualquier momento, en ese lugar, y que encontrara a aquellos personajes, aunque el público lo reconoce como al mismo chico. No conocemos el sentido de ese misterioso personaje, pero su presencia sugiere que, cuando afirma que es un mensajero de Godot, esta pretensión puede que no sea totalmente falsa. De otra manera, ¿de dónde podría venir?, ¿quién lo envió?
Aunque esta sensación de un sentido que lo abarca todo en el Universo no se puede transformar en una teoría o en una doctrina que sirva para una aceptación intelectual, no es intelectualmente infructuosa: es algo más que una emoción casual e insignificante, que la mente racional deba rechazar. Independientemente de que este sentimiento se reconozca conscientemente en ella, es la raíz de la afirmación de nuestra existencia, nuestro “sí” dirigido hacia la vida en contra de todas sus atrocidades.
Esta sensación no se puede enseñar como se enseñan en la escuela las materias comunes. Es necesario, por lo regular, un maestro carismático para inculcarlo en nuestra mentalidad, y aunque sabemos que las capacidades carismáticas pueden ser a veces un don del diablo, nosotros mismos tenemos que discernir la diferencia entre el bien y el mal, para no rendirnos a su fuerza seductora. Los dones carismáticos y las personalidades carismáticas son no sólo válidas sino partes abiertamente necesarias de ese camino en el que bregamos con nuestro destino. ~

Texto autorizado de la conferencia que Leszek Kolakowski dictó el 9 de mayo del 2006, en el auditorio Máximum de la Universidad de Varsovia, para concluir con el ciclo “Ocho conferencias para el nuevo milenio”.

Tomado de la Gazeta Wyborcza
Traducción de Aleksander Bugajski

domingo, 15 de marzo de 2009

¿Cómo somos?

¿Somos cómo la banana que comemos,
la música que oímos, la letra que leemos,
las imágenes que nos miran...?



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Hace unos años analizando la conformación física de las personas, sus discursos, el lenguaje usado, la alimentación de estas, e incluso su actitud frente a la vida, llegue a una conclusión por lo menos “temeraria”: somos lo que nos alimenta. Pero, pensaba, somos aún más aquello que influye (activando o bloqueando) nuestras terminales neuronales.
Filosóficamente (lejos de lo académico) podría sostener que se trata de saber si somos “tevetomizados”: flácidos en todos lo sentidos. Aunque también podemos ser “fitnessmizados”: plenos de musculatura, menos de la cerebral... Ofinimizados, sexuamizados, estupidizados, gremiomizados, y que siguan las apuestas.
Sí, se podrá hablar de excepciones, cuando no. Pero pueden sumarse muchos perfiles de “lo que se es” sin que nadie pueda oponer un dato afirmativo de la vida.
Estamos perfilados, "cortados" por la guillotina del discuros hegemónico: no somos, nos han hecho.


Fue en esos años de fines de los noventa que “descubrí” la puesta en marcha un plan PsicoBioPolítico que en este final de la primera década del siglo XXI, sin dudas nos “atosiga”.

Pero volvamos a lo que es tema de este retardado regreso a las discusiones en DELAILUSION…
También somos lo que leemos.
Para ilustrar tal afirmación, un artículo sobre un libro realmente interesante.

© Ricardo Duró
15.Mar.2009


¿Cómo nos influye lo que leemos?
Por Sergio Parra

Hay que cuidar con quien te codeas. Parte de lo que eres responde a lo que es la gente que está a tu alrededor. En un grupo cualquiera de individuos compuesto por miembros distintos, la suma del coeficiente de inteligencia del grupo como tal será más bajo que la media matemática de sus componentes: la inteligencia baja y primitiva parece ejercer una succión subliminal que anula la inteligencia más elaborada.
Por ejemplo, si dos grupos heterogéneos de personas son sometidos a sendas baterías de tests idénticos, los resultados de ambos grupos pueden diferir mucho según las experiencias previas de sus componentes. El grupo de personas que se relacionó durante un rato con jugadores de un deporte de masas obtuvieron resultados menores que el grupo de personas que se relacionó durante un rato con un profesor de Oxford.
Lo que nos rodea puede sacar lo mejor de nosotros. También lo peor. Sobre todo si los que nos rodean son personas o soportes de alta densidad ideológica, como son los libros. Según los libros que leamos, seremos así o asá, al menos en cierta medida: porque también escogemos uno u otro libro en base a cómo somos.

Richard Dawkins, en su prólogo para La máquina de los memes, de Susan Blackmore, a propósito de la existencia de los memes, comenta:
Era todavía estudiante en la universidad de Balliol cuando un día, charlando en la cola de la cantina con un compañero, me di cuenta de que a medida que iba hablando, su mirada de asombro crecía. “Acabas de ver a Peter Brunet, ¿verdad?”. Me sorprendió que lo supiera. Peter era nuestro queridísimo director de seminario y yo acababa de salir de una de sus tutorías con muchos ánimos. “¡Lo sabía!, agregó mi colega sonriendo, “hablas exactamente como él, hasta en el tono de voz se te nota”. Aunque sólo fuera esporádicamente, había “heredado” su cantinela y su modo de hablar que tanto admiraba y que tanto echo de menos en la actualidad.
La clave reside en ese esporádicamente. Si nos relacionáramos sólo una hora a la semana con alguien realmente interesante pero el resto de la semana la dedicáramos a rodearnos de personajes grises, monótonos, vacuos e inanes, ¿cuánto nos duraría el efecto de sentirnos excepcionales? Seguramente, muy poco. Seguramente acabaríamos por pensar que esa persona interesante que vemos una hora a la semana no es tan interesante como creíamos. Que incluso resulta pagado de sí mismo. Que no sabe disfrutar de la vida. Que nunca encajaría entre la gente normal, como nosotros conseguimos durante toda la semana.
Somos más volubles de lo que pensamos. Creemos que nunca cambiamos o que cambiamos muy poco a lo largo de los años. Pero en cuestión de meses podemos dejar de resaltar sin darnos cuenta. Porque estamos a gusto entre otros que no brillan. Porque es muy fácil dejarse contaminar subliminalmente por lo que nos rodea, sonreír, aceptar. Porque somos cómodos por naturaleza.
No nos damos cuenta. Pero somos más ellos que nosotros mismos.

Leer libros de personas que brillan muy lejos de nosotros, a los que nunca podremos acercarnos lo suficiente como para contaminarnos de su brillo, que sintetizan lo mejor de su esplendor en unas líneas de texto bien estructuradas y expuestas con claridad, es una forma de estar rodeado de estrellas. Es una manera de meterse de lleno en un cúmulo globular. Ésta sería uno de los mejores argumentos para leer libros: inviertes tu tiempo en personas que se salen de la norma (al menos a la hora de exponer sus ideas en un libro). Los libros también pueden ser buenos compañeros cuando no existen tales a tu alrededor: todo buen lector conoce la sensación. (Tú eliges, también es cierto, tus lecturas, y si no te rodeas de otros individuos excepcionales que te lleven a escoger las más luminosas, entonces leer se convierte una opción tan superflua como mirar cualquier otra cosa mundana, habitual o clónica).
En estos tiempos de corrección política y de rechazar todo lo que atufe a eugenesia, de respetar todo lo que diga el contrario aunque ese respeto sea sinónimo de aceptación y mansedumbre, de disimular tus dotes y tu nervio por una educación que en el fondo es miedo al diferente y al disidente, de convivir con todos los seres antropomórficos por igual porque no hacerlo así te convierte en xenófobo, racista, intransigente, pedante, esnob, asesino o algo peor… en estos tiempos, digo, está mal visto ser pragmático con tu tiempo. Está mal visto invertir tu tiempo con las personas con el mismo pragmatismo con el que inviertes tu tiempo en cualquier otra actividad. Porque no puedes tratar a una persona igual que cualquier otra cosa. Todos somos personas, dicen.

Dejaremos esa discusión para otro momento porque, afortunadamente, los libros son considerados cosas y no personas, aunque puedan ofrecernos tanto o más que las personas (de hecho, muchas personas parecen libros en blanco). Así que tened cuidado con lo que leéis, escoged con el cuidado con el que un médico escoge vuestra dieta vitamínica, buscad aquellos volúmenes que fortalezcan vuestras debilidades y someta a análisis vuestras virtudes. En definitiva, cuidad lo que leéis como os cuidáis a vosotros mismos, porque la atmósfera de memes en la que habitéis os convertirá en una u otra clase de persona. Leed con cuidado, como si en la tapa de los libros hubiera la típica pegatina de “material radioactivo”. Vuestra vida depende de ello.

lunes, 16 de febrero de 2009

Bien, pero con errores

(De regreso sin habernos ido)

Luego de un año de abandono, De la ilusión volverá a tener contenidos actualizados. En este momento hay varios errores de página que intentaré resolver con Google. Y si todo vuelve a funcionar correctamente, en la semana iniciaré el posteo de trabajos tanto de terceros que signifique un aporte al pensamiento, como propios.
La idea es iniciar una etapa de enlaces entre la realidad, que pueden encontrarla analizada críticamente en http://fasefinal.blospot.com/ y algunos trabajos más "serios" de filosofía, ubicables en http://www.delailusion.com/

Entre De la ilusión, Fase Final, y el sitio http://www.delailusion.com/ produciremos "diálogos" atentos a multiplicidad de cuestiones e ideas. Además, MODELOS, un programa en una radio de la Argentina (que esperamos puedan oir online), pronto aportará nuestras voces y otros temas.

Gracias a todos por atender nuestro trabajo y aportar a "la confusión general".

Saludos
Ricardo Duró

sábado, 22 de diciembre de 2007

Dos mil años de filosofía, ¿de qué sirvió? *

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En el número 220 de Ñ se publicó una extensa entrevista al iconoclasta filósofo francés Michel Onfray creador, entre otras cosas, de la Universidad libre de Caen. Aquí, un lector va más lejos en las posturas anticanónicas de Onfray y, directamente, pregona la creación de una filosofía de la ciencia ficción. Para pensar…


Voy a ser breve. La filosofía no sana, ya que no existe la enfermedad. Me llamó la atención que Onfray no “criticara” este concepto.

Cuando se habla de enfermedad, por ejemplo, en el organismo humano, lo que en realidad está siendo nominando (perversamente) es un proceso existencial diferente al supuesto humano “sano” (¿lo sano se muere?). La vida no es lo que la cultura humana dominante durante los últimos milenios (básicamente grecolatina, platónica, monoteísta y medioriental occidental) establece conceptualmente como tal. El proceso en el que el hígado humano se “endurece” o se reconvierte en gusanos, es vida. Una piedra es vida, inanimada, pero vida al fin, aún meramente como “lo que existe”. Ya sé que no es aceptable tal cosa “científicamente”… pero la ciencia tiene corta vida. Es imprescindible reconfigurar la “tabla” de valores. O vendrán los infectados T a darnos la “nueva tabla”.

NO soy académico, no me interesa la filosofía griega, jamás me aceptará la “mainstreet del rockeo filosófico-histórico, convencional o mediático…

Pese a todos, en la “sociedad del espectáculo”, el juego continúa. Hubiera sido bueno que Onfray lanzara una piedra para comenzar a discutir “que”, del cristianismo, enferma; “qué” de los monoteísmos destruye, si bien se percibe que lo intuye, en la entrevista, al hablar del “ideal cristiano” antes del subtítulo “Nacimiento de la filosofía”. Es una discusión que se ha instalado imperceptiblemente (no aún en la conciencia de los sujetos) con el avance de la AI (Inteligencia Artificial). Y como atajo a la “debilidad” que Onfray le otorga a la actitud filosófica, estimo que tiene una potencia concreta: desarrollar la PhiloSciFi.

Ricardo Duró

* Título y nota publicados en la edición en papel de Ñ la Revista de Cultura del diario Clarín, sección Carta de Lectores.


domingo, 1 de abril de 2007

NeoSubdesarrollo*


“La obligación del filósofo consiste en crear conceptos”.
Gilles Deleuze
París, mayo 1987

El Gobierno argentino fue denunciado el 8 de mayo de 2003, como responsable de la desatención y el hambre de un alto porcentaje de la población. A cuatro años de aquel episodio nada ha cambiado sustancialmente: la pobreza alcanza al 40% de los 40 millones de argentinos. (A)
Aquella presentación fue realizada en Ginebra, por la Food First Information & Action Network y el Servicios de las Iglesias Evangélicas en Alemania para el Desarrollo. Acusaron al Estado argentino por la presunta violación del “derecho a la alimentación adecuada de millones de sus ciudadanos”, y se resaltó el supuesto reparto de programas alimentarios “como dádivas de un sistema clientelista y de sujeción política”. Para Jean Ziegler, relator de la subcomisión para el Derecho a la alimentación de la ONU, las informaciones y cifras contenidas en la denuncia, que indicaba que la cuarta parte de los argentinos no tiene acceso a la canasta básica, provienen de “fuentes sólidas”. “Las cifras reveladas son equivalentes a las que se observan en África, de una gravedad extrema, lo cual es aún más terrible cuando se trata de la Argentina, un país con suficientes recursos naturales para nutrir a su población, así que espero una respuesta positiva del gobierno para empezar rápidamente a implementar reformas que resuelvan este drama”, afirmó Ziegler. Atención a estos asteriscos. Ver al pie. **

Concepto
La idea de un proceso de “africanización de la sociedad” latinoamericana estaba en mis análisis y especulaciones políticas antes de abril de 2003. Lo expresaba en esa fecha, en el marco de la segunda entrega sobre “La instancia del disgregue: el electorado”, en el Foro de Política Nacional que funcionaba en
http://www.ciudadpolitica.com.ar/

Africanización
¿Es posible un proceso mundial de NeoSubdesarrollo? La respuesta está en el diseño de futuro que los centros de Poder hayan producido para el mundo, y especialmente, para los países –ya no- emergentes.
Sin embargo, algunas señales resultan claramente observables y me impulsan a pensar en una respuesta afirmativa. La declinación del trabajo humano como variable económica necesaria; el cambio estructural de la población que se torna altamente sedentaria (aunque se encuentre en tránsito) y obesa; el estado de “espera” de “la gente” frente a lo que nunca llega y debería ser una “política que los reconozca como sujetos políticos”; y en ese aguardar, la constante caída en la inacción de quien es mero espectador… Son la aurora de un paisaje fatalmente empobrecido.
El NeoSubdesarrollo acompaña la mundialización económica, política y cultural.


“Cuando los débiles son legión, os encantan, os aplastan:
¿cómo luchar contra un continente de abúlicos?”
E. M. Cioran
Del libro Adiós a la filosofía

A priori, digo que el NeoSubdesarrollo será inaceptable como diagnóstico ideológico filosófico; también que puede ser negado en lo económico, por ejemplo en algunos países de Latinoamérica (¿Argentina, Brasil, Chile?). Escapa a la abstracción, carece de “habla”, remite a “lo que supuestamente ha sido superado” y, si se le otorgara existencia, su “posición ontológica” adeudaría a la intrascendencia teórica.
Sin embargo, voy por él, preparado para observar su aura desnutrida.

Uno
En tanto que “neo” es aceptable como reciente, pero es aún ausente en “lo real”, me ocuparé de los signos que dan cuenta de la neonatal llegada del NeoSubdesarrollo, de su Acto de “entrada en escena” y de su somática en ese Campo de Acción llamado sujeto y grupo humano.
Primeramente, tengamos en cuenta que al referir sobre la presencia del poshumano no es una cuestión retórica, sino enunciativa. Complejidad social que exige vivir crítica, veloz e inventivamente. Tarea impropia para todo neosubdesarrollado, aunque imprescindible para “operar sobre” el proyecto “matriz”. Instancia en la que es inolvidable que, de persistir en la consecución de lo sublime, puede ejecutarse mi exposición en el altar del fracaso.

Filosofía no. Economía no. Política no.
El modelo productivo devenido relación contractual (1) por la cual un subdesarrollado se produce neosubdesarrollado, ignorándolo, implica el descenso de lo político de los resultados electorales a las variables de “investigación de mercado que permiten enlazar a los consumidores con el candidato preferido para la presidencia”. (2)
Estamos ante una macro geopolítica de la miseria. El impulso de los flujos debilitadores controlados, condiciona las posibles respuestas gregarias… “Europa comparte con Estados Unidos su interés en mantener la división centro-periferia en la economía-mundo, con todas las ventajas que dicha estructura le proporciona al Norte” (3) sobre el Sur.

Filosofía sí.
Si abrir mundos es la tarea obligada y actual de la filosofía, no lo es menos la observación del “soporte” desde el que se “abrirán” o no “otros” mundos.
El proyecto NeoSubdesarrollo puede no ser resultado de un “plan siniestro” cuyos autores “dominan” las variables mundiales y actúan “en las sombras”. ¿!Qué importa!?
Es menester prepararse a quitarle la placenta, pues se trata de un “nuevo mundo”, que existe ha partir de su “enunciación” (4). Una silenciosa operación de parto se desarrolla en medio del ruido de rotos mercados y economías suntuosas desfallecientes, acabadas, aunque persistan caníbalmente tras lo orgánico que aún pueden ofrecer las masas humanas y los agobiados recursos naturales de todo el planeta.

Dos
El hacerse en el hacer (Campo de Acción y Acto) tiene una concepción filosófica práctica con miles de años en concreciones, hasta la actualidad. Algo ajeno a la soberbia de las “ciencias” de la modernidad, filosofía y psicología incluidas, que como sostuvo Friedrich Nietzsche “han enseñado a odiar y despreciar en lo más profundo lo que es el rasgo característico fundamental de los sobresalientes: su voluntad de poderío”. Una voluntad de poderío que al ser anulada, posibilita que el rebaño como “territorio” multiplique comportamientos inducidos, ingresando en un “modelo llamado de ‘indefensión aprendida’ en la cual progresivamente se deja de luchar creyendo que es la mejor estrategia para sobrevivir”. (5)

Disidencia sí.
Los síntomas “clínicos” del NeoSubdesarrollo son, irónicamente expuestos, los siguientes: amor por el amor que no libera, el coito como acto político, hiperexposición de las miserias propias y funcionalidad mediática, desinterés en todo lo que no signifique “creer”, degradación de la capacidad de reconocimiento de lo que fortalece, apatía y violencia como únicas opciones alternativas, arrepentimiento como estrategia de disimulo de la propia idiotez y corrupción, sobrevaloración de la esperanza.

Ideología no.
Después de los acontecimientos ideológicos más contundentes del siglo pasado (bolcheviquismo, maoísmo, situacionismo, “mayoísmo” francés, latinoamericanismo revolucionario…) las ideologías “han muerto”. Es el “triunfo de la política y la democracia”. También del “populismo” como aspecto funcional al capitalismo, sabiendo ambos que así garantizan la continuidad de los flujos debilitadores y fortalecedores, según corresponda.

Ideología sí.
Pensemos que ideología es doctrina. Pensemos que los gobernantes llegan a sus mandatos con el mínimo apoyo del total de ciudadanos a los que deben “gobernar”. Pensemos qué representan estos irreductibles aspectos. Y preguntémonos. ¿No estaremos frente a una concepción perversa de la democracia? ¿No será que la democracia nació para convertirse sólo en una puesta en escena, un ritual de formas insustanciales? ¿Estaremos ante el “ocaso de la diosa” democracia? ¿Terminará como una “diosa” que previamente engulle a sus hijos más débiles? ¿Garantizará, así, para los neosubdesarrollados el reino de los cielos?
Ideología sí. Después política. Mejor dicho: después, gestión.

Tres…
Los signos, síntomas e imágenes del NeoSubdesarrollo atraviesan todos los campos en los que el sujeto “se expresa”. Lo he afirmado en otros análisis, “el sistema, está en su instancia global de Gran Guerra económica, social, sanitaria, política... y será militar en el momento necesario”, en el territorio que lo requiera. Aunque es evidente que “lo militar” (violencia armada) está desarrollándose ya, es notable la expansión de la violencia civil, que se expande en el “querido núcleo familiar” y social (crecen en el mundo la violencia familiar, la explotación infantil, de la mujer y de los débiles, se incrementan la compra de armas y los enfrentamientos por cuestiones nimias).
¿Acaso puede surgir “otro” mundo, otra correlación de intereses, tras el triunfo de los valores propios al nihilismo?

Al mejor postor
Queda así planteado el NeoSubdesarrollo en su incipiente expansión en los países hasta hace muy poco denominados emergentes. Sin embargo, para las miradas críticas, rápidas y creativas, es fácil observar que el proceso está en estado avanzado aun en los nichos más “deformados” de los países centrales. Una muestra:
Un soldado estadounidense, estando en Kuwait, cuando le preguntaron sobre la invasión de su gobierno a Iraq, respondió que no entendía mucho de política, pero que le pagaban por hacer el trabajo y tenía la obligación de hacerlo lo mejor que podía. Evidentemente, como diría el ensayista italiano Rafael Sánchez Ferlosio, “una actitud que entra de lleno en las puras relaciones contractuales”; una actitud definible como neosubdesarrollada. Que “académicamente” puede ser entendida como respuesta en “términos restringidamente deontológicos”.

© Ricardo Duró
Abril 01, 2007

* Textos reconvertidos de los originalmente publicados en el libro Política de la ilusión: bases críticas para educar al futuro, de Ric Duró. Ediciones del Siglo, noviembre de 2005.

(A) Al criticar los sistemas estadísticos que utiliza el actual gobierno argentino, el diputado y economista Claudio Lozano (Central de Trabajadores Argentinos), expresó que “con una medición actualizada, los pobres e indigentes llegaría a casi 16 millones” de ciudadanos argentinos.
http://www.clarin.com/diario/2007/02/04/elpais/p-01202.htm

(1) “La deontología sustituye a la moral porque las relaciones humanas son sólo contractuales”. Rafael Sánchez Ferlosio, ensayista italiano.

(2) Investigación de Cuore Consumer Knowledge. Otros, como el Dr. Enrique Zuleta Puceiro refieren a lo que “demandan” los ciudadanos y lo que “ofrecen” los políticos o gobernantes. (20 de mayo de 2003).

(3) Emmanuel Wallerstein, autor de “El moderno sistema mundial”.

(4) “Nuestra cultura, que no cree en la magia pero venera el empirismo, piensa que la palabra es meramente un instrumento comunicativo. A mí me parece una evidencia empírica que es lo contrario, la palabra proferida, incluso por escrito, es un acto”. Suso Del Toro, escritor, licenciado en Arte Moderno y Contemporáneo.
(5) Definición del Dr. Roberto Zivak. Médico psiquiatra. Psicoanalista.

** [30/03/2007 10:36 ] Las últimas cifras oficiales difundidas por el INDEC ubican al conglomerado urbano de las ciudades de Corrientes y Resistencia encabezando el nivel de pobreza nacional.
Según el organismo, Corrientes tiene el 46 por ciento de su población pobre y el 18,1 por ciento vive en condiciones indigentes, mientras el 44,9 de los niños son desnutridos.
(Corrientesonline-ei)
http://www.derf.com.ar/despachos.asp?cod_des=138263&ID_Seccion=42