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domingo, 28 de junio de 2009

¿Seremos violentos por naturaleza?





Rescatamos un artículo publicado en El País hace ya algunos años. La pertinencia de su temática y el foco responsable de su factura son innegables. Aun cuando puede no acordarse en lo medular.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y
la estupidez humana.
Y del Universo no estoy seguro.”
Albert Einstein
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El mito de la violencia humana

Ashley Montagu

¿Por qué está el mundo tan lleno de agresividad? ¿Por qué son tan frecuentes la hostilidad y la crueldad entre los seres humanos? ¿Por qué se amenazan entre sí las naciones con el exterminio nuclear? ¿Por qué aumenta la delincuencia prácticamente en todas partes? ¿Cuál puede ser la respuesta? La más cómoda es, desde luego, afirmar que el ser humano es un ser imperfecto, nacido en pecado y agresivo por naturaleza. Además, esta explicación es satisfactoria para casi todo el mundo, porque a quien nace predeterminado no puede culpársele por su forma de comportarse.
Muchos escritores, científicos, dramaturgos y cineastas han apoyado la concepción de la supuesta maldad innata del ser humano. Si por todas partes se manifiesta la violencia y la agresividad, ¿cómo podemos negar que la agresividad sea instintiva, que pertenezca a la propia naturaleza humana? Así se llega a una explicación. La explicación que lo explica todo.
La verdad es, sin embargo, que una interpretación tan gratificante nos hace sentirnos muy tranquilos, nos libera de toda culpabilidad, nos exime de la responsabilidad de hacer todo lo que podamos para reducir la violencia que se manifiesta en nuestra convivencia y en el mundo en general. Pero las respuestas que lo explican todo, de hecho no explican nada. Como escribió el gran filósofo inglés John Stuart Mill, "de las posibles maneras de eludir las influencias de la moral y la sociedad sobre la mente humana, la más corriente es la de hacer responsable de las diferencias de comportamiento y carácter a diferencias naturales innatas".
Permítasenos, por tanto, analizar lo que algunos conocidos escritores y otras personalidades relevantes han dicho sobre el tema de la violencia humana; y veamos después si estas opiniones pueden mantenerse a la vista de los hechos.
William Golding cuenta en su novela El señor de las moscas la historia de un grupo de niños en edad escolar abandonados en una isla, que se convierten en arquetípicos salvajes y comienzan a perseguirse unos a otros. Golding dice que su novela es "un intento de analizar los defectos de la sociedad a la luz de los defectos de la naturaleza humana". Pero la verdad es que no busca las razones de nada; simplemente, parte de la idea de que tanto la sociedad como la naturaleza humana están programadas para la crueldad, el sadismo y el crimen.

Instinto de muerte
A la vista de su brillante y terrible narración, es verdaderamente difícil sostener que los hechos reales que se han producido en situaciones parecidas a la descrita en la novela de Golding no apoyan sus conclusiones. Por ejemplo, a comienzos de los años sesenta, durante un viaje rutinario de una isla a otra, unos melanesios dejaron en un atolón seis o siete niños de edades comprendidas entre dos y doce años, con la idea de recogerlos poco después; pero sobrevino una tormenta que les impidió regresar hasta pasados varios meses. Cuando los niños fueron rescatados se descubrió que se habían portado a las mil maravillas: habían aprendido a buscar agua potable, se alimentaban sobre todo de pescado, eran capaces de construir refugios y, en líneas generales, habían construido una comunidad en buena convivencia, sin luchas, peleas ni problemas de liderazgo.
Konrad Lorenz, el investigador austriaco que fue premio Nobel por sus trabajos sobre el comportamiento animal, se esforzaba por demostrar en su muy leído libro sobre la agresión que el intinto de lucha humano dirigido hacia sus congéneres es la causa de la violencia contemporánea. Antes que él, Freud había defendido la misma idea con la definición del instinto de muerte, que orientaba el comportamiento del hombre hacia la destrucción y la guerra. El dramaturgo Robert Ardrey defendió la misma tesis en sus libros "African Genesis (Génesis en Africa)", "The territorial imperative" y otros. Y el etnólogo Desmond Morris llegó aún más lejos en su libro "El mono desnudo" afirmando que "es una tontería que debatamos sobre controlar nuestros sentimientos de territorialidad y agresividad", ya que nuestra propia naturaleza, puramente animal, "nunca lo permitirá".
Desgraciadamente, la mayoría de los escritores que han tratado el tema de la naturaleza humana han sido incapaces de discriminar entre sus prejuicios y las leyes de la naturaleza humana. Otro de estos prejuicios consiste en creer que el comportamiento agresivo del hombre es instintivo. No hay en parte alguna pruebas de ninguna clase de que los seres humanos tengan verdadero instinto. Y, por otro lado, hay muchas pruebas de que todo comportamiento agresivo -como todo comportamiento profundamente humano- es aprendido.
La característica más destacada de la especie humana es su educabilidad, el hecho de que todo lo que sabe y hace como ser humano ha de aprenderlo de otros seres humanos. Y esto lo ha ido aprendiendo en sus cuatro millones de años de evolución, a partir del momento en que los hombres hubieron de abandonar la vida en los árboles -que escaseaban a causa del descenso de lluvias- y asentarse en llanuras abiertas donde tenía que cazar para subsistir. En la caza son muy importantes la cooperación, la capacidad para solucionar rápidamente los problemas imprevistos y la adaptabilidad. Los instintos que predeterminaran el comportamiento no hubieran tenido ninguna utilidad en el nuevo nivel de adaptación hacia el que los seres humanos habían evolucionado: la parte aprendida, hecha por el ser humano, del entorno; en otras palabras, la cultura. Lo que hacía falta era saber cómo abrirse paso en un entorno creado por el hombre, y las reacciones biológicamente predeterminadas resultaban inútiles ante situaciones para las que habían sido pensadas ni eran apropiadas. Hacían falta respuestas, no reacciones; era preciso crear soluciones ante los nuevos y siempre cambiantes desafíos del entorno.
El instinto constituye un tipo de inteligencia recurrente que otras criaturas poseen y que las hacen mantenerse siempre en el mismo lugar en la escala biológica. Pero no es eficaz en el versátil entorno humano: ésta s la razón por la que los humanos no tenemos instintos de ninguna clase. La especialidad del ser humano es ser no especializado, capaz de adaptarse a lo imprevisto, maleable y flexible.
De la misma manera, las condiciones en que se desarrolló la evolución del ser humano a lo largo de los últimos miles de años hicieron muy importante la capacidad de cooperación.
Los grupos humanos eran muy pequeños hasta hace aproximadamente 12000 años; los constituían entre 30 y 50 individuos. En tales sociedades, cuyas actividades principales eran la recolección y la caza, la ayuda mutua y la preocupación por el bienestar de los demás -la cooperación- no sólo eran muy valoradas, sino que constituían condiciones estrictamente necesarias para la supervivencia del grupo. Los individuos agresivos no hubieran prosperado en tales sociedades. Por tanto, es muy improbable que pudiera haberse desarrollado algo parecido a un instinto de agresión, y mucho menos un instinto de territorialidad.
Por lo que al instinto de territorialidad respecta, conviene señalar qu ninguno de los grandes simios (ni el gorila, ni el chimpancé, ni el orangután) ni la mayoría de los monos que han sido estudiados poseen tal instinto. Sin embargo, como estos hechos contradicen las teorías de Ardrey, Morris y Lorenz, ellos los pasan por alto alegremente. Estos escritores escogen, a menudo, exclusivamente los aspectos de la realidad que vienen a demostrar sus teorías, aunque estos sean forzados o simplemente erróneos.

Falsas interpretaciones
Resultaría imposible examinar aquí los muchos errores en que incurren los citados escritores, pero sus teorías han sido estudiadas en detalle y rebatidas en mi libro "La naturaleza de la agresividad humana" y en otros dos volúmenes de los que he sido editor, "Man and agression" y "learning non-agression". Aquí sólo es posible analizar algunos de los errores y falsas interpretaciones en que caen estos escritores.
Tratando de demostrar que la agresividad es algo inherente a la naturaleza humana, Lorenz cita un estudio sobre los indios norteamericanos Utas, argumentando que "llevan una vida salvaje basada casi enteramente en la guerra y las razzias" y que, por consiguiente, "debe haber habido entre ellos un proceso muy intenso de selección, que ha dado como resultado un nivel de agresividad muy alto". Lorenz añade que "es bastante probable que esto produjera cambios en la herencia genética... en un período de tiempo corto". La violencia, los homicidios, los suicidios y las neurosis son para Lorenz pruebas de la agresividad innata de los Utas.
Pero el profesor Omer Stewart, máxima autoridad científica que ha estudiado esta tribu, ha demostrado que Lorenz está bastante equivocado. Ni los Utas fueron nunca belicosos ni estuvieron dominados por la violencia, la muerte, el suicidio y la neurosis. Lorenz habla repetidas veces de la belicosidad del hombre primitivo, pero no existe ninguna prueba de esto, e incluso es muy probable que no tuviera el más mínimo espíritu guerrero. Si el hombre primitivo hubiera sido belicoso no habría sobrevivido durante mucho tiempo, dado que el número de individuos que formaban los pueblos cazadores-recolectores era pequeño.

El mito de la territorialidad
Las pruebas que tenemos señalan que las guerras -esto es, los ataques organizados de un pueblo a otro- no comenzaron a producirse hasta el desarrollo de las comunidades urbanas, hace no más de 10.000 años.
Por lo que hace a la territorialidad, defendida por Ardrey como una tendencia innata a ocupar y defender un territorio exclusivo, se trata de un mito más. Los seres humanos se comportan de muchas y muy diferentes maneras en lo relativo al territorio.
Algunos están apegados a sus territorios y defienden celosamente sus fronteras; otros, como los esquimales, carecen del sentido de la propiedad territorial y reciben bien a cualquiera que decida instalarse entre ellos. Los pueblos cazadores-recolectores viven a menudo sobre territorios cuyas fronteras se superponen y éstas nunca son motivo de conflicto de ninguna clase. Hay otros grupos tribales que se adaptan pacíficamente a la invasión de sus tierras marchándose a otro lugar. Para otros no constituye ningún problema abandonar sus tierras para ir a otras más adecuadas a sus objetivos.

Los grupos y la agresividad
En esencia, unas sociedades tienen sentido de la territorialidad y otras no. Y esto no tiene nada que ver con la tendencia o instinto, y sí mucho con lo que esos pueblos han aprendido a pensar y sentir sobre el territorio.
Morris habla de los grupos como un elemento que provoca las reacciones agresivas. La agresividad que en ellos surge no es una reacción, sino una respuesta; no es innata, sino aprendida. Los grupos en sí mismos no provocan la agresividad. Los indios asiáticos, los todas y los bihor del sur de la India, los hadza de África, los punan de Borneo, los pigmeos de la selva de Ituri, los arapesh del río Sepik (Nueva Guinea), los yamis de la isla de Orchid (cerca de Taiwán), los hopi y zuni de Norteamérica y otros muchos pueblos, como los tasaday de Mindanao (Filipinas), son comunidades no agresivas. Se podría decir, por supuesto, que tales pueblos han aprendido a controlar su agresividad innata. Pero esto implicaría asumir que existe algo así como un agresividad no aprendida, un deseo natural de herir a los demás. Hasta que alguien pueda darnos una mínima prueba de tal cosa, parece más razonable pensar -basándonos en las pruebas reales que tenemos- que no había una agresividad innata en un principio y que los citados pueblos no agresivos son así porque no han aprendido a reaccionar con agresividad ante ninguna situación.
Los hechos demuestran que el ser humano no nace con un carácter agresivo, sino con un sistema muy organizado de tendencias hacia el crecimiento y el desarrollo en un ambiente de comprensión y cooperación. Hay pruebas de que las tendencias humanas básicas están dirigidas hacia el desarrollo a través de la capacidad para relacionarse con los demás de manera cada vez más amplia y creativa, haciendo más fácil la supervivencia. Cuando estas tendencias básicas de comportamiento se frustran, los seres humanos tienden hacia el desorden y a convertirse en las víctimas de los otros humanos igualmente afectados por estos desajustes.

La salud es la capacidad de ser humano
La salud es la capacidad para amar, para trabajar, para jugar y para usar la propia inteligencia como una herramienta de precisión. Los humanos han nacido para vivir, como si vivir y amar fueran una misma cosa. Para amar hay que aprender a amar y sólo se aprende a hacerlo cuando se es amado. El afecto es una necesidad fundamental. Es la necesidad que nos hace humanos. De ahí que una persona que no haya sido así humanizada durante los seis primeros años de su vida padezca un proceso de deshumanización que le lleva a comportamientos destructivos, aprendidos en un intento desordenado y equivocado de adaptarse a un mundo también desordenado y provocador de tensiones. De estos desórdenes surgen toda la agresividad y los enfrentamientos violentos, tanto a escala individual como colectiva.
Muchos profetas apasionados han predicado largamente las virtudes del amor, pero pocos han señalado por sí mismos el camino. El significado de una palabra radica en los actos en que se manifiesta; al amor se le ha atribuido una significación ritual, pero casi nunca ha expresado su significado real como compromiso en el sentido de algo que se practica, de algo que es parte de nuestro comportamiento diario. Recordemos siempre que la humanidad no es algo que se hereda, sino que nuestra verdadera herencia reside en nuestra capacidad para hacernos y rehacernos a nosotros mismos. Que no somos criaturas, sino creadores de nuestro destino.

sábado, 9 de mayo de 2009

Toda tiranía es amorosa

(Digresión sobre el cuerpo que no soy y la razón que no tengo)

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Cierro aquí, con máxima brevedad, De cuerpo “no somos”.

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Comenzaré con una mención a Jean Baudrillard y su ensayo respecto de “Las estrategias fatales”, en el que planta una aseveración reciclable en el ámbito de lo político, en el “espacio de gestión de lo Real”.
Baudrillard escribió “… podemos decir que con lo social ocurre lo mismo que con los sabores de la cocina americana. Gigantesca empresa de disuasión del gusto de los alimentos: su sabor está como aislado, expurgado y resintetizado bajo forma de salsas burlesca y artificiales”…

Entonces, digo...
Como con “lo social y los sabores”, en lo político la disuasión de lo ideológico ha mutado en “el bueno resintetizado”. El señor que promete una “política verde” es tan amigable como una feta de tomate orgánico en la hamburguesa prometida o el “ingrediente” del jabón diario con perfume a naturaleza. El “gusto” en lo político republicano y democrático es hoy la mostaza de un discurso ligado a las creencias y necesidades primarias, con adaptación “sustentablemente responsable”. Aquí las salsas artificiales son las pantomimas hiperrepetidas en las pantallas de televisión. Es donde Eric Laurent se me antoja “pasteurizado”, si bien acierta en definir que hay “más tecnología de la violencia”. Ya que podría decirse lo mismo de la Edad Media y sus “técnicas de muerte”.
En el afan de recuperar “lo social”, Laurent propone la creación de un “deporte del siglo XXI”. Existe, él mismo lo ha nominado: adicciones.
Aquí se une a lo dicho por Kolakowski en cierta “adicción” a la “razonable” obseción por establecer lo que está bien y lo que está mal.
Esto es tiranía: una “única imagen” que “cambia de rostro” (bueno a mala y viceversa). Es la tiranía amorosa de lo mismo, hacia el centro, desde la izquierda o desde la derecha. La razón como creencia de que “se tiene razón”. El cuerpo como origen y final de la existencia. Máxima tiranía amorosa, apego esencial que merece, por lo menos, oposición permanente.

© Ricardo Duró
08.May.2009

sábado, 28 de marzo de 2009

¿Por qué Slavoj Zizek en delailusion?

El progresismo más intelectual y filoacadémico lo supervalora.
Nosotros lo leemos cuando podemos.
No es que tengamos una posición definida respecto de este pensador. Creemos que “es demasiado marxista lacaniano”. O sea: es sesgado.
Toda “inclinación ideológica” conforma un “espacio para mantenerse en la ilusión”. Baudrillard hubiera dicho “para constatarse en el simulacro”.

Sin embargo, Zizek genera “oxigeno” intelectual. Proyecta agudeza sobre “lo supuesto Real”. Esto lo hace imprescindible de abordaje.
Para los que lo conoce y para quienes lo leyeron, aquí “otra vez”, en una entrevista de hace pocos años.

© Ricardo Duró
28.Mar.2009


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Zizek la foto durante la ceremonia de
su casamiento con una joven
modelo argentina, licenciada en filosofía.





Contra el goce
Entrevista a Slavoj Zizek

Candidato a presidente por Eslovenia y pensador de renombre mundial, Zizek crítica el dictamen social que impone al individuo la “obligación de gozar.”…

Por José Fernandez Vega

—A 20 años de la recuperación de la democracia en la Argentina, se afianzaron las libertades, pero la mitad del país se hundió en la pobreza. Este contraste no es sólo local ¿A qué atribuye esta tensión contemporánea entre libertad e igualdad?

Slavoj Zizek —Si lo que entendemos por democracia es su variante liberal, hoy dominante, la triste conclusión es que en general está produciendo mayor desigualdad. Las razones son complejas. Tras la desaparición de la izquierda como fuerza política que pretendía un cambio de sistema social surgió una nueva izquierda, que en Europa se denominó “tercera vía” (con Blair, Schröeder y otros). Irónicamente, se basa en lo siguiente: el capitalismo ganó, por eso no nos tenemos que meter con la economía. Recuerdo que en una época se hablaba del socialismo con rostro humano; ellos ofrecen un capitalismo con rostro humano. Dicen que pueden mejorar la salud, por ejemplo, sin perturbar el funcionamiento del mercado. Esta nueva izquierda es la que mejor representa los intereses del conjunto del capitalismo. En contraste, y para decirlo de manera tosca pero cierta, por lo común la nueva derecha sólo representa los intereses de ciertos sectores del capital. En EE.UU. es evidente que Clinton fue mejor vocero del interés general del capitalismo que los republicanos, quienes están mucho más vinculados a ciertas industrias de visión mas conservadora. Aunque para llegar al poder estos conservadores deben también apelar a algunos sectores de los trabajadores; “vamos a proteger a nuestros obreros, al trabajo nacional contra los inmigrantes”. Esta es actualmente la primera gran paradoja. En la segunda paradoja ustedes, los argentinos, no son una excepción sino la regla. La democracia, para volverse popular, tuvo que flirtear un poco con cierta forma de populismo autoritario. Esta fue la experiencia que ustedes tuvieron hace medio siglo con Perón. Si se quiere ir un poco más allá en las reivindicaciones populistas, incluso cuando sean apenas demágogicas, surge de inmediato una tensión con la democracia liberal. Creo que el mundo está llegando de nuevo a esa situación. Ya logramos la democracia liberal estándar, pero esto no conduce de manera automática a una mayor igualdad. Desde una mirada histórica, pareciera que las reivindicaciones sociales —un mejor sistema de salud y demás— se conquistaron de un modo algo más violento y muy raramente mediante la formas normales de la democracia. Esto no descarta a la democracia. Sólo quiero señalar que, para mí, la experiencia latinoamericana es crucial, y que la igualdad no es un componente esencial del proyecto liberal de democracia, como lo es, por ejemplo, la libertad individual.

JFV—En el socialismo real, según escribió usted, el ideal era la construcción de un “hombre nuevo”, pero quienes creyeron honestamente en él terminaron siendo considerados como individuos peligrosos por el sistema, que en realidad exigía ciudadanos complacientes.
SZ—Claro. Hay gente que cree que en este sentido el socialismo fue un enorme fracaso. Nadie se tomó en serio el verdadero propósito. No fue un fracaso: verdaderamente querían eso. Eslovenia es un pequeño país, una especie de pueblo grande donde nos conocemos todos. Dos o tres personas próximas a mí perdieron su trabajo en el comité central del partido por tomarse demasiado en serio el ideal de “hombre nuevo”.

JFV—¿Y cuál sería el ideal humano que corresponde a nuestra democracia liberal y a su cultura posmoderna? ¿Y qué es lo que se pretende con ese ideal?
SZ—Está muy de moda decir que la desintegración del comunismo en 1989 significó el fin de la utopía y el ingreso a un mundo “post-ideológico”. Sin embargo, los años 90 señalaron el surgimiento de una auténtica utopía. Con el capitalismo liberal ya tenían la fórmula. Todo lo que necesitaban entonces era difundir una actitud posmoderna: nada de identidades fijas. Esa fue la utopía. Si el 11 de septiembre de 2001 tiene un significado simbólico, es justamente el de marcar el final de esta utopía. De manera que, para mí, la verdadera utopía fue la de los años 90. Teníamos todas las respuestas. Debíamos olvidar la revolución porque vivíamos en el mejor sistema posible. Lo que nos hacía falta era más tolerancia, multiculturalismo, libertad sexual. Esto terminó el 11 de septiembre. Pero hay otro aspecto importante. Muchos izquierdistas, bajo la influencia del posmodernismo, piensan que estos valores —multiplicidad, libertad para elegir y reinventarnos a nosotros mismos— constituyen actitudes subversivas y revolucionarias, como si el poder defendiera aún valores conservadores.

JFV—¿Y no es verdad?
SZ—No. Para decirlo de una manera pasada de moda, todos esos valores posmodernos son los de la ideología dominante: olvídate de los viejos objetivos políticos, ahora eres libre de dedicar tu vida al sólo propósito de realizarte a todo nivel, desde llenarte de dinero hasta hacer el amor más seguido, pero también en un sentido espiritual. Miremos un poco hacia el campo del arte: ¿Adónde quedaron aquellos buenos tiempos en que el arte oficial era conservador y la vanguardia se dedicaba a provocar a la gente? En la colección Saatchi de Londres, que integra el circuito cultural establecido, se pueden ver obras perturbadoras como videos de colonoscopías, mierda, lo que se nos ocurra. Mi ejemplo preferido es el de esa pequeña ciudad estadounidense, cuyo nombre no recuerdo, donde domina una izquierda que defiende esa idea de potenciar todo tipo de deseos personales. ¿Es que acaso los necrófilos no son víctimas de una clara marginación? ¿No es nuestro deber como sociedad facilitarles ciertos cuerpos para su placer? Esta es una falsa permisividad en mi opinión. Falsa en dos niveles. Primero, resulta evidente que en nuestra vida personal somos libres de hacer lo que nos venga en gana, pero ¿qué decisiones son las que realmente importan?

JFV—¿Y cuáles son?
SZ—Por ejemplo, si tratamos de nacionalizar un banco descargarán sobre nosotros los peores insultos: populistas, comunistas, es decir que no serán tan permisivos en ese plano. Segundo, ¿no hay acaso en esta supuesta permisividad un mandato oculto proveniente de lo que en psicoanálisis llamamos el “super yo”? Se trata de una verdadera obligación: “¡debes gozar!”. Se impone el goce, porque de lo contrario nos sentimos culpables. Es como una moral kantiana al revés. En otros tiempos la obligación moral era llevar una vida “decente”. Si traicionabas a tu esposa, te sentías culpable por buscar el placer. Ahora se trata de lo contrario, si no buscas el placer, si no estás dispuesto a gozar, te sientes culpable. Y no estoy hablando de una hipótesis abstracta. Me encuentro todo el tiempo con psicoanalistas que me dicen que ésa es la razón por la cual la gente acude a la consulta. Se sienten culpables de no gozar lo suficiente. La gran paradoja es que el deber de nuestros días no impone la obediencia y el sacrificio, sino más bien el goce y la buena vida. Y quizá se trate de un mandato mucho más cruel. Probablemente el discurso psicoanalítico es el único que hoy propone la máxima: “gozar no es obligatorio, te está permitido no gozar”. La paradoja de la sociedad permisiva es que nos regula como nunca antes. Yo no confío en esa idea liberal según la cual el Estado fue superado por el mercado, por las grandes compañías. Nunca antes un aparato estatal fue más fuerte ni tuvo un control más absoluto sobre su propia población que el de EE.UU., hoy. No digo que sea tan malo como el estalinismo, sino que dispone de nuevas tecnologías. ¿Sabe cuál era el problema del estalinismo? Aplicaban un terror ciego porque el gran trauma de los dirigentes era que no sabían lo que estaba pasando, no lo podían controlar todo. De allí la demanda por encontrar traidores y hacer purgas todo el tiempo. Se hallaban en pánico permanente; en los años 1930 se encontraban en medio del caos total y por eso aplicaban el terror arbitrario. No hay necesidad de algo así en EE.UU., porque saben qué está pasando. Encuentro un poco ridículo todo ese discurso sobre la desaparición del Estado. Desde luego que desaparecen algunos servicios, como el de salud por ejemplo, pero el aparato represivo, la inteligencia, la policía son más fuertes que nunca.

> http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2003/11/29/u-666509.htm